25 de abril de 2013

Una Pequeña Gran Historia

No suelo hablar de mí en este espacio, pero hoy lo voy a hacer impulsada por el hecho de compartir algo bonito con vosotros que, en este caso, me sucedió a mi.

Ahí va una pequeña gran historia real:

La noche del 17 de junio del año 2012 tuve una de esas experiencias a las que llamo alimentos del alma.  Esa pequeña gran historia tiene 8 protagonistas, seis seres humanos, un perro y un precioso conejo blanco.


En la terraza de la que entonces era mi hogar se estaba muy bien, olía a flores y las plantas que la adornaban estaban preciosas.  Sería la una de la madrugada y yo no quería dormir, así que colgué mi mochila al hombro y comencé a caminar; a menos de 50 metros de mi casa, en la misma calle, algo hizo que me detuviera.  Se escuchaban unas voces un par de casitas más allá de la mía; eran voces de personas que reían, y pude escuchar cómo lanzaban un brindis por que no se acabara el mundo en diciembre de 2012.  Me hizo gracia, y una sonrisa me sorprendió en mis labios, como si hiciese mucho tiempo que no sonreía de esa manera.  Me gustó la sensación y decidí cruzar a la acera de enfrente para seguir escuchando esas voces jóvenes, intensas, emocionadas.  Así que lié un cigarrillo, me senté en el bordillo de la acera y me dediqué a disfrutar, en la distancia, de aquella singular reunión.

Poco a poco me fueron entrando ganas de ir hacia allí, cosa curiosa, porque nunca antes se me había pasado por la cabeza entrar allá donde no me llaman, sin embargo en ese momento algo me impulsaba a hacerlo. Al mismo tiempo mi mente me decía “qué te está pasando”.  El caso es que yo nunca me había auto invitado a ningún lugar, así que permanecí allí en completo silencio un rato más, imaginando cómo sería estar allí dentro de esa otra terraza llena de vida y de risas.  Recordé el tiempo que hacía que no pasaba una velada en compañía de amigos.  También recordé aquellas noches en la terraza de la calle Varsovia de Barcelona con Clara y Andrés…habían pasado años de eso y lo echaba de menos…me puse algo nostálgica, esa es la verdad. 

Antes de que las lágrimas afloraran en mis ojos vi, por la puentecilla de aquella terraza, como se asomaba una cabeza que me observaba.  Bajé la mirada y continué fumando mi cigarrillo, como si no hubiese visto a nadie, pero al poco tiempo escuche la voz de una chica diciendo: “¿que hay una chica…donde?.  Es curioso, porque en ese momento me levanté para marcharme, y al mirar al frente vi dos cabecitas, esta vez de melena larga, mirándome y sonriéndome; así que decidí dar ese paso que nunca antes me había atrevido a dar y me acerqué a la puerta de la verja.  Cuando llegué les pregunté si podía pasar y compartir un rato con ellas.

“Por favor, entra!!” me dijeron.  No me lo podía creer...

Encontré a seis personas muy jóvenes, tres chicos y tres chicas, seis soles preciosos.  No recuerdo sus nombres, pero sí sus caras, su energía, su estar, sus miradas de sorpresa y alegría contagiosa al verme.  Les dije: Buenas noches, me llamo Candela, gracias por invitarme a vuestra terraza a compartir un ratito.  Me dijeron sus nombres, y con una sonrisa en la cara, uno de ellos me invitó a sentarme y tomar algo.  Entonces, sin más, me pidió que, por favor, les contara “mi historia”.  Si, si, mi historia.  En ese momento se acercaron a mí un perro y un conejo blanco preciosos.  Les hice las carantoñas de rigor y me senté en un sillón que sacaron para mí. Accedí al tinto de verano y también a contar mi historia.

Además de algunas pinceladas acerca de “mi historia”, y debido a sus preguntas sobre qué hacía yo en la vida, les hablé de Reiki, de nuestro potencial humano, les mostré cómo podían relajarse, y presté especial atención a una de las chicas que aseguraba no poder hacerlo; nunca había conseguido relajarse.  Ahora no podría decir lo mismo, porque aquella noche lo hizo, y muy bien.

Después conversamos un rato, cada uno contaba algo de su historia personal y cuando se hizo el primer silencio, algo dentro de mí supo que ese encuentro había cumplido su propósito.  Eran cerca de las 4 de la madrugada, les di las gracias y me dispuse a la despedida; despedida que ellos no querían que se produjese tan pronto.

Cuando me estaba levantando del sillón, otra de las chicas, la más callada, me preguntó si era verdad eso de que los abrazos pueden sanar o transmitir buenas vibraciones, así que le pedí que lo comprobara ella misma, invitándola a levantarse y darme un abrazo de no menos de 6 segundos.  La chica se levantó y yo me acerqué a ella para abrazarla.  Al principio estaba tensa, pero después se ablandó.  Nos abrazamos lentamente, pecho con pecho.  Al poco comenzó a llorar.  Las amigas le decían: ¿Estás riendo o llorando? Y ella, mientras lloraba les contestaba a carcajada limpia: “Estoy llorando”!!!  Cuando nos separamos, todos comenzaron a  abrazarse, ellos con ellos, ellas con ellas, ellos con ellas…y yo allí… en pie, con mi bolso en la mano, caminado marcha atrás hacia la puerta, contemplando la maravilla.

Les doy las gracias a todos ellos, cada vez que recuerdo esta historia, porque aprendí mucho de mí misma aquella noche del 17 de junio pasado.  Es posible que ellos nunca lo sepan, pero yo ... nunca lo olvidaré.  
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